Un envase digno de un gran perfume

La aparición del primer envase coincidió con la aparición del primer perfume, sólido (ungüentos y ceras) o líquido. Al ser una sustancia volátil se debía evitar de algún modo su natural y rápida evaporación. Pero mucho antes de la aparición del cristal, hacia el s. I a. C., los egipcios ya fabricaban recipientes de diorita y de alabastro que, además de aislar el producto, conservaban frío su contenido para que no perdiera ni una de sus propiedades odoríferas.

      Los griegos y romanos utilizaban cerámicas decoradas con esmaltes hasta que Egipto comenzó a exportar sus envases. Posteriormente, con la llegada del vidrio, todos aceptaron rápidamente este material por su ligereza y transparencia. Casi inmediatamente llegaron los frascos esmerilados.

      Entre los s. XVI al XIX los nobles adquirían separadamente perfume y envase, teniendo así el consumidor su fragancia favorita dentro del envase que más le agradaba. Cuando la burguesía comenzó a ser consumidora, la demanda de envases de vidrio se disparó, apareciendo de este modo los primeros envases fabricados exclusivamente para perfumes. Los cristales eran cortados por los artesanos con sumo cuidado, para posteriormente ser tallados a mano.

      Por tanto, poseer un perfume era símbolo de poder económico y refinamiento, así los frascos con perfume eran colocados en los salones de las casas, a la vista de todos.

      Es en esta época cuando se fabrican verdaderas obras de arte que ahora sería imposible elaborar debido a que el coste del envase superaría con creces al coste del perfume; todavía se conservan en museos (o en domicilios particulares, por herencia) auténticas joyas realizadas a mano y adornadas con oro, plata y piedras preciosas.
    

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